Johnny

El Jueves, en torno a las 5 de la tarde, recibí un correo electrónico e mi buen amigo, e ilustre excolegial, Michel Delgado. Sólo un título (“¡Cierran el Johnny!”) y un enlace a la web de El Mundo en la que aparecía la noticia. Fin del mensaje

Era escueto, menos que corto, pero lleno de fuerza e indignación. Esas tres simples palabras golpearon fuerte mi corazón y me hicieron gritar, incrédulo (y para gran asombro de los que estaban delante) “¡¡¡¿¿¿Cómo que cierran el Johnny???!!!”.

Curiosamente, la tarde anterior había escrito yo un texto en el que, a cuento de la famosa polémica de la SGAE en relación con un concierto benéfico que dio Bisbal en Almería (supongo que recordaréis la noticia de que había cobrado por adelantado más de 5000 euros por los derechos de autor), recordaba los tiempos en que yo, cuando había conciertos en el Johnny, iba a la SGAE a ingresar los derechos de autor.

Y, más curiosamente, al buscar una imagen en Google para ilustrar el texto, elegí una que me apareció de Pepe Jazzman en el escenario del Johnny. La elegí sin dudar, e hizo una posdata al texto dedicándoselo a él, que en paz descanse, explicando quién era, qué hacía, y por qué era tan una parte del San Juan.

El caso es que cuando, menos de 24 horas después recibí el correo electrónico que he mencionado, pensé que la inesperada deriva en mi texto del concierto de Bisbal a Pepe Jazzman había sido premonitoria.

Uno, que es hombre de Internet, en seguida se lanzó a buscar noticias sobre el asunto, entré en Facebook, mandé el mensaje (añadiendo tan sólo algunos signos de admiración más a “¡Cierran el Johnny!”) a unos cuantos excolegiales que he localizado por ese canal, entré en los grupos del Johnny…

Estaba a 600 km pero necesitaba hacer algo para protestar, y me sentía tremendamente impotente. Mi primera idea fue coger carretera y plantarme en el Johnny, pero, claro, las putas obligaciones me impidieron ir, y me perdí el que puede ser el último concierto, que, según he podido saber, acabó siendo un multitudinario botellón reivindicativo.

Por ello, pensaba ir este fin de semana, y reunirme allí con algunos excolegiales amigos, aunque fuese sólo a tomar unas cañas. Y hete aquí que me enteré de que se ha convocado una reunión para el 29 de Mayo, así que, cambio de planes, y cruzo los dedos para que esa convocatoria sea un éxito. Yo pondré lo que pueda de mi parte.

El amigo José Hidalgo va a llevar vino, yo llevaré lo que pueda. Lo importante es que estemos y reivindiquemos el Colegio, exigiendo que no lo cierren.

¿Por qué no debería cerrarse el Johnny? En este mundo que nos ha tocado vivir, tan materialista, pasamos etapas en la vida que vamos cerrando y archivando en nuestro trastero de vivencias. Sin embargo, por alguna razón que no sabría decir cuál es, la etapa pasada en el Johnny queda grabada a fuego en nosotros, y nunca deja de estar ahí. Quizás me haga viejo; quizás sea que es una etapa muy especial de la vida; quizás es que el Johnny tenía algo especial de verdad; quizás sea todo ello, o ninguna de esas cosas.

Lo que sí sé es que en el Johnny pasé de adolescente a hombre, y que allí aprendí mucho. Entré siendo un estudiante casi imberbe, y salí siendo un licenciado que se enfrentaba al futuro con esperanza y ganas. En el San Juan la vida me enseñó el valor de la amistad; viví cosas preciosas y horribles; entendí qué era la solidaridad; aprendí a ser responsable, a amar, a capear las peores borracheras, a disfrutar de la música, a valorar lo que se tiene, a ser respetuoso, a ver el fondo de cada persona… No era un simple lugar donde dormir y estudiar. Fue una experiencia. Más de 400 colegiales, y numeroso personal. Y todos, absolutamente todos, han dejado algo suyo en mi.

Esa fue durante mis años de carrera mi familia. Los 400 y pico colegiales, Isabelita (con su característica voz), Ángel (que en paz descanse), Pilar, las kesi, las keli, las keplan, el Tude, Alejandro Reyes, Pepe Santos (ese hermano mayor con el que era imposible llevarse bien), el Fenicio (cómo aprendimos a luchar juntos por una causa, para echarlo), el médico y muchos otros que me estaré dejando en el tintero.

Sodexho, las cantatas de “Manolito El Loco”, el cierre de La Purísima, las obras, las colas de la lavandería, las resacas, las donaciones de sangre, el ciclo de cine erótico, los conciertos, las fiestas, las épocas de exámenes, las bolsas de “apoyo al estudio” con un bocata correoso y una pieza de fruta picada, ¿sigo?

Recuerdo cuando mis padres vinieron a verme al Colegio por primera y única vez, ya en mi último año allí. No entendían cómo yo vivía feliz allí. Y es que hay que reconocer que no era el más cómodo de los lugares para vivir. Frío, inhóspito, se comía mal, recordaba una cárcel… Pero todos lo añoramos.

Por eso, no quiero que se cierre el Johnny. Por eso me gustaría que siguiese abierto. Porque, aunque ya no sea lo mismo, aunque los que tengan coche ahora sean legión, aunque ahora haya teléfono, Internet y agua caliente en cada habitación… el Johnny debe seguir ahí. Porque el Johnny somos todos y es de todos.

¡¡¡El Johnny no se cierra!!!

Emilio Lucas Marín